Hasta hace muy poco tiempo, más bien se hablaba de una “ética de la neurociencia”, que respondía a la pregunta: ¿Cuáles son los límites en los que ha de desarrollarse la investigación científica del cerebro? Pero ahora también se habla de una “neurociencia de la ética” que investiga cómo realiza nuestro órgano rector las operaciones morales, lo cual abre horizontes muy inquietantes e introduce una pregunta fundamental: ¿Hasta dónde podemos manipularlo para modificar o modular la conducta? En cualquier caso, los políticos han mostrado un gran interés por estas investigaciones en busca de claves para asegurarse el voto de los ciudadanos. A resolver todas estas cuestiones dedica Adela Cortina su libro Neuroética y Neuropolítica. Sugerencias para la educación moral (Tecnos). Y es que “la Neuroética se presentó en sociedad en 2002 como un saber nuevo, que tienen que construir éticos y neurocientíficos trabajando codo a codo. Esa novedad es la que la hace apasionante”, explica a la Fundación International Studies la catedrática de Ética de la Universidad de Valencia y directora de la Fundación Étnor.
-¿Cuáles han sido, tradicionalmente, las tareas de la ética?
-Sobre todo, contestar a una pregunta bien difícil: ¿Por qué los seres humanos somos inevitablemente morales?, ¿por qué nos vemos obligados a actuar moralmente? Tratando de responder a esa pregunta se va aclarando qué es eso de la moral, una cuestión a la que casi nadie sabe responder.
-Al principio del libro usted alude al Dr. Frankenstein y a su desdichada y solitaria criatura, que fue creada con retales de varios cadáveres, aunque por error se le implantó el cerebro de un delincuente. ¿Por qué recurre a esta analogía?
-Porque ése es el origen literario de la “neuroética”. El Dr. Frankenstein quiere fabricar una criatura perfecta, contando con los mejores órganos humanos que puede conseguir, y también las neurociencias pretenden mejorar la inteligencia, la belleza o la memoria de las personas construyendo hombres mejores. Pero siempre hay que recordar el mensaje del Frankenstein de Mary Shelley: que los hombres son felices cuando encuentran otras gentes con quienes compartir la vida, el cariño, con quienes perseguir metas que merezcan la pena, no cuando cuentan con órganos perfectos. El infierno consiste en quedarse solo, aislado de todos los demás, aunque se tengan todas las perfecciones pensables. La felicidad consiste en poder compartir la vida con otros.
-También cita la fábula del Príncipe y el Zapatero y apunta el tema de un hipotético trasplante de cerebro.
-Decía John Locke que si trasplantábamos el alma de un príncipe al cuerpo de un zapatero, se plantearía una cuestión difícil: ¿el príncipe sabría que lo es, aunque los demás le tomaran por zapatero?, ¿o tendríamos que decir que el príncipe se ha convertido en zapatero? El cuento se aplica ahora a la “neuroética”. Si trasplantáramos, no las piernas o el rostro, que ya es prodigioso, sino nada menos que el cerebro, ¿seguiría siendo la misma persona?
(Ante estas cuestiones, el lector siente algo de vértigo si no es que miedo. Y vienen a la cabeza otras analogías literarias. Por ejemplo, la famosa novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley, una sociedad cuyos habitantes no sólo están neurológicamente controlados mediante una droga que produce gran satisfacción, el soma, sino en la que se ha separado la sexualidad de la reproducción. Esta última se realiza industrialmente en laboratorios, determinando el grado de inteligencia de los individuos: alfa, beta, gama, épsilon…)
-Hoy también hemos separado sexualidad y reproducción, aunque afortunadamente casi todos los hijos se conciben a la manera clásica, pero sí contamos con un arsenal psicofarmacológico para modular conductas.
-En efecto, contamos cada vez más con fármacos que pueden modificar las conductas y eso plantea problemas éticos. Pero conviene recordar que en Un mundo feliz el factor más importante para crear ciudadanos conformistas no es la ingeniería genética, ni siquiera el soma, sino la hipnopedia. Los ciudadanos oyen constantemente unos mensajes que les persuaden de que su suerte es la mejor de todas y por eso se quedan tan conformados. Los medios de comunicación pueden ser una especie de hipnopedia. Y es asombroso comprobar lo bien que funciona.
-A lo largo del libro, usted se refiere a investigaciones actuales que se refieren a tomas de decisión de orden moral que afectan, o no, a las emociones. Mediante imágenes de resonancia sabemos qué áreas se activan pero ¿sabemos cómo y por qué?
-Las imágenes de resonancia magnética son instrumentos que han permitido en buena medida el avance de las neurociencias, porque, con todas las cautelas, podemos saber qué zonas del cerebro se activan cuando tomamos decisiones morales, y las emociones tienen mucho que ver en ello. Pero estas técnicas tienen que perfeccionarse, porque no son fotografías, como alguna gente cree, sino que es más complejo.
-En ese universo neurológico de toma de decisiones, que se estudia mediante la proposición de dilemas personales e impersonales a un sujeto mientras se le explora con un escáner, resulta bastante inquietante saber que los dilemas impersonales nos afectan poco.
-Pues así es. La mayoría de las personas está dispuesta a recoger a un herido en la calle, aunque le manche la tapicería del coche que le ha costado, digamos, 500 euros, y, sin embargo, no está dispuesta a enviar esos 500 euros a una organización solidaria para ayudar a una persona a la que desconoce. “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Parece que las neurociencias confirman el dicho popular, y ésa no es una buena noticia.
-Casi siempre decidimos hacer algo sin saber muy bien moralmente por qué. Y luego lo justificamos. ¿Qué tan importante es la componente irracional o inconsciente de nuestra conducta? ¿Pura intuición?
-Me temo que nuestra manera de formar juicios morales es camaleónica: los tomamos del grupo social en que se nos admite, en el que estamos a gusto. Lo que funciona es adherirse a lo políticamente correcto, porque así no se tienen problemas. Pocas son las personas que forman personalmente sus juicios morales.
-¿Existen “universales éticos antropológicos”? ¿Tienen base cerebral? ¿Son mecanismos evolutivos?
-Sí hay códigos de conducta inscritos en el cerebro por evolución, que nos aconsejan qué hacer para vivir con mayor tranquilidad. Pero conviene recordar que “mayor tranquilidad” no es lo mismo que “moralmente bien”.
-Sin embargo, es alentador que cuando toman decisiones, a los sujetos estudiados les frena causar directamente un daño a otro. Por ejemplo, tirar a un hombre desde un puente para parar un tren que puede atropellar a varias personas… Y les resulta más fácil tirar un objeto que desviaría ese tren, salvando a cinco personas pero matando a un operario que trabaja al otro lado de la vía.
-Pues no es tan alentador, porque lo que nos resulta desagradable es tener que hacerlo personalmente, no que muera una persona, porque el operario muere igual. Por eso nos dejan tan tranquilos las noticias de las muertes en el Cuerno de África o en la Región de los Grandes Lagos, porque no estamos allí ni actuamos directamente. Pero las muertes son igual de reales y, sin embargo, apenas nos sentimos afectados. La verdad es que es lamentable.
Un Estado “neuropoliciaco”
-El peligro inmediato quizá sea que ciertos poderes descubran, por ejemplo, cuándo miente alguien, o si les oculta algo, lo cual puede ser utilizado en contra suya en procesos judiciales o por motivos de seguridad. ¿Abriremos las puertas a un Estado “neuropoliciaco”?
-Todo se andará. De momento existen estudios muy serios de “neuroseguridad”, ligados a las amenazas terroristas, y se ha propuesto crear un Consejo Nacional de Neuroseguridad, de la misma forma que hay un Consejo Nacional de Bioseguridad.
-Sin embargo, usted concluye que no es posible una ética universal fundamentada en el cerebro, lo cual es tranquilizador. Háblenos de ello.
-Afortunadamente, tras el nacimiento desarrollamos el 70% de nuestro cerebro, contando con el medio y con las demás personas, es decir, que modificamos nuestro cerebro desde las decisiones que vamos tomando a lo largo de nuestra biografía. Nuestros códigos morales no son cerebrales, sino que optamos por ellos.
-Kant es un punto de referencia. ¿Necesitamos una nueva formulación del “imperativo categórico” de su razón práctica?
-La afirmación kantiana de que el ser humano tiene dignidad, y no precio, sigue siendo la clave de un bien entendida “neuroética”. Es por eso por lo que no se debe dañar a las personas, sino que se les debe ayudar a desarrollar sus mejores capacidades.
La “Neuropolítica”
-Entramos en el área de la “neuropolítica”. Usted dice que hoy los políticos se interesan por ella para adecuar sus mensajes a los electores… ¿Qué es exactamente?
-A los políticos les interesa esa parte de la “neuropolítica” que es el neuromárketing electoral. Les interesa saber cómo funcionan los cerebros de los ciudadanos para poder lanzar los mensajes que pueden sintonizar con sus emociones y así recabar votos. Por eso contratan expertos en estas materias para que les aconsejen en las campañas electorales. Y parece que les está funcionando bastante bien, al menos hasta que los ciudadanos caigan en la cuenta de que los hechos deberían cuadrar con los dichos.
-Ahora, que estamos cerca de unas elecciones, vale la pena saber por qué los ciudadanos votan por esta o por aquella otra opción política.
-Pues, curiosamente, la gente vota por sus valoraciones morales, más que por sus intereses. Desde pequeños vamos conformando en nuestro cerebro unos marcos de valores desde los que interpretamos los datos y los hechos, y votamos a unos u otros desde esos marcos de valores. Por eso los políticos tratan de movilizar en las campañas las emociones ligadas a los valores.
“La democracia necesita algo más que reciprocidad”
-Usted también señala ciertas “Reglas de Oro” genéticas formuladas por los científicos, y que se refieren al altruismo y a la cooperación, pero también advierte contradicciones. Entre otras, que en realidad se trata de “egoísmo genético”.
-Es muy curiosa la afición de los científicos por traducir a sus términos la Regla de Oro: “Haz a los demás lo que quieras que te hagan a ti”, que pertenece a todas las morales y religiones existentes. Hamilton, por ejemplo, formula su Regla en sentido genético: “Obra con los demás en la medida en que compartan tus genes”. Desde el punto de vista biológico es discutible, pero convertirlo en regla moral, imposible.
-Frente al “altruismo biológico” en su libro se opone un “altruismo recíproco”. Pero también concluye que la democracia exige algo más que reciprocidad.
-Esto es muy curioso. La economía habitual nos ha acostumbrado a pensar que el hombre es un homo oeconomicus, que en todas sus decisiones busca maximizar sus beneficios. Y, sin embargo, parece que eso no es verdad, sino que lo que buscamos es reciprocidad: saber que si damos, vamos a recibir en contrapartida; saber que en nuestra sociedad, si cumplimos deberes, también se respetan y protegen nuestros derechos, aunque haya que renunciar al máximo beneficio. El hombre es homo reciprocans.
-Si bien es cierto que estamos preparados evolutivamente para defender lo que es nuestro y lo de las personas más próximas, ¿cómo asumir también a las desconocidas, como estipula la Declaración Universal de Derechos Humanos?
-Justamente ésa es una de las claves del libro, que la defensa de los derechos humanos reclama algo más que reciprocidad, y que ese “algo más” no viene del cerebro.
-Hay científicos que afirman que la mente es una cuestión físico-química…
-Pues tienen que demostrarlo, si son científicos, y me parece que lo tienen muy difícil, si no imposible. De hecho, muchos otros científicos, bien sensatos, no comparten esa elucubración.
-Si estamos tan condicionados genética, biológica y neurológicamente, ¿dónde quedan la libertad y la responsabilidad? ¿Cuál es el estado de la cuestión?
-En el momento actual el debate está abierto y es apasionante. Algunos neurólogos andan entusiasmados diciendo que la libertad es una ilusión, pero a renglón seguido afirman que de todos modos los seres humanos somos responsables de nuestros actos, porque, claro, cualquiera se da cuenta de que sin responsabilidad no hay ni moral, ni política, ni derecho, ni religión. Pero decir que estamos determinados y, a la vez, que somos responsables, es un círculo cuadrado, que tienen que intentar dibujar quienes digan que la libertad es una ilusión.
“El hombre es lo que la educación le hace ser”
-Su libro comienza con una cita de Kant: “El hombre llega a serlo por la educación. Es lo que la educación le hace ser”.
-Todo lo que se diga a favor de la importancia de la educación es poco: es la tarea más importante de las que se debe proponer una sociedad, ayuda como ninguna otra a conseguir que las personas seamos lo que somos.
-¿Cómo se educa moralmente? ¿Tenemos una capacidad innata para saber qué es el bien y el mal?
-Sí que tenemos esa capacidad. Como decían Xavier Zubiri y José Luis Aranguren, no hay seres humanos “amorales”, todos somos más o menos morales, todos tenemos un sentido de lo bueno y lo malo. Y las neurociencias refrendan esta afirmación.
-La gran virtud de nuestro cerebro es su “plasticidad” y su capacidad para cultivarse durante toda la vida…
-Éste es uno de los mejores descubrimientos de las neurociencias, que el cerebro tiene una plasticidad que nos permite ir aprendiendo a lo largo de toda la vida y nos permite ir modificando nuestro cerebro desde lo que aprendemos.
-¿Se tiene en cuenta esa “plasticidad” en nuestros sistemas educativos?
-Debería de tenerse en cuenta para todas las etapas de la vida y, en lo que hace a la educación moral, deberíamos tener bien claro en qué valores queremos educar, qué creemos que nos hará más justos y felices para ir en esa dirección.
-Este libro también podría acabar con una cita de Sófocles en Antígona: “Hay grandes cosas prodigiosas, pero la más prodigiosa es el hombre”.
-Puestos a elegir, prefiero la afirmación kantiana de que hay dos cosas verdaderamente sublimes: el cielo estrellado y la persona humana.
Adela Cortina
Tras cursar filosofía y letras en la Universidad de Valencia, ingresó en 1969 en el Departamento de Metafísica. En 1976, defiende su tesis doctoral, sobre Dios en la filosofía trascendental kantiana y enseña durante un tiempo en institutos de enseñanza media. Una beca de investigación le permite frecuentar la Universidad de Múnich, donde entra en contacto con el racionalismo crítico, el pragmatismo y la ética marxista y, más en concreto con la filosofía de Jürgen Habermas y Karl-Otto Apel. Al reintegrarse a la actividad académica en España, orienta definitivamente sus intereses de investigación hacia la Ética. En 1981 ingresa en el Departamento de Filosofía Práctica de la Universidad de Valencia. En 1986 obtiene la cátedra de Filosofía Moral, relativas a la economía, la empresa, la discriminación de la mujer, la guerra, la ecología, la genética, etc. Son ámbitos igualmente cultivados por la autora en sus obras.
En artículos y conferencias, ha expresado su opinión sobre otros tantos aspectos de la vida, que sometida a examen “merece ser vivida”. Es miembro de la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida y vocal del Comité Asesor de Ética de la Investigación Científica y Tecnológica. Con su obra Ética de la razón cordial, ha sido ganadora del Premio Internacional de Ensayo Jovellanos 2007. Es miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.
Bibliografía
Ética mínima: Introducción a la filosofía práctica. Tecnos, 1986. Ética sin moral. Tecnos, 1990. 10 palabras clave en filosofía política (con Ángel Castiñeira y otros). Editorial Verbo Divino, 1998. Alianza y Contrato: Política, Ética y Religión. Trotta, 2001. Ética para la sociedad civil (edición coordinada por Francisco Javier Peña Echevarría). Universidad de Valladolid, Secretariado de Publicaciones e Intercambio Editorial, 2003. Por una ética del consumo. Taurus. 2002. Ética de la razón cordial. Educar en la ciudadanía del siglo XXI. Ediciones Nobel. 2007. Pobreza y libertad. Erradicar la pobreza desde el enfoque de Amartya Sen. Tecnos, 2009. Las fronteras de la persona. El valor de los animales, la dignidad de los humanos. Taurus. 2009. Hasta un pueblo de demonios. Ética Pública y Sociedad. Taurus. 1998
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I could watch Schindler’s List and still be happy after reading this.
me interesa si me pueden enviar todos estos articulos,
pues aun estoy trabajando en mi proyecto de tesis, la cual
debo defender en el mes de julio.
Uds sabran que no es tema facil de escribir y analizar.
El tema de mi proyecto se titula La ETICA en el SERVICIO
PUBLICO
Ramirez
soy una traductora en Beijing-china, me interesa también todos los comentarios y comparación de sú teoria con otras profesionales, conécta conmigo hanglike@gmail.com
Bien, me interesa conocer sobre el tema de neuroética ya que realizó un documento para sustentar mi tésis de la especilización y debo sustentarlo en octubre del año en curso.
Hola a todos los de la fundación deseo conocer más sobre ADELA CORTINA y conocer la fundación gracias