escrito por Tulio H. Demicheli | en , , , , | No hay comentarios

Michael Burleigh

Los lectores españoles ya conocen bien al historiador británico Michael Burleigh por sus libros El Tercer Reich, Poder Terrenal y Causas sagradas (dos obras que exploran la historia europea desde la Revolución Francesa hasta la II Guerra Mundial a partir de las ideologías concebidas como patología religiosa) y Sangre y Rabia (el terrorismo visto como cultura, profesión y forma de vida y muerte). Hace poco presentaba en España Combate moral. Una historia de la Segunda Guerra Mundial, también publicado por Taurus, una aproximación a la Segunda Guerra Mundial desde parámetros morales: “Winston Churchill –explica Michael Burleigh a la Fundación International Studies– lo tenía muy claro y dejó dicho: De esta batalla depende la supervivencia de la civilización cristiana… Si fracasamos, entonces el mundo entero, incluido Estados Unidos, incluido todo lo que hemos conocido y amado, se hundirá en los abismos de una nueva Edad Oscura, más siniestra si cabe, y más prolongada, alumbrada solo por la luz de una ciencia perversa”.

-Guerra y moral muchas veces parecen incompatibles…

–Sí, pero la moral es un aspecto importante de la estrategia. Cada uno de los bandos que se enfrentó en la Segunda Guerra Mundial afirmaba tener la razón, hasta los soviéticos, que formalmente eran ateos, creían que Dios estaba de su lado. En las guerras modernas el capital moral es muy importante. Muchos libros de Historia Militar se limitan a describir grandes batallas a partir de las decisiones que se tomaron. Creo que también hay que analizar las opciones que se rechazaron. Por ejemplo, al general Ridgway se le ordenó tomar Roma, pero él se opuso porque hubiera producido muchísimas víctimas entre los aliados, los alemanes y los civiles. La historia también debe de tener en cuenta este punto de vista, la hace más inmediata y viva.

–El escritor, filósofo y soldado alemán Ernst Jünger  hablaba de cuatro “configuraciones” del hombre moderno.  Además del anarca, el emboscado y el trabajador,  incluía la del soldado desconocido, protagonista de la guerra bajo la técnica… El imponente poder de la tecnología, ¿no diferencia a la Primera y la Segunda Guerras Mundiales de las que antes habían asolado el mundo?

–Por primera vez en la Historia se utilizaron tecnologías altamente destructivas. Fueron dos guerras totales entre sociedades industrializadas. Sin embargo, en la primera perecieron diez millones y medio de personas, de las cuales sólo 300.000 eran civiles; de los sesenta millones de muertos de la segunda, la mayoría fueron civiles. Esto no sólo se debió al gran desarrollo del poder aéreo. El Gobierno italiano sostenía que todos los trabajadores tenían que ir al combate y eso era como ponerles una diana en la frente. A nivel político, la Primera Gran Guerra fue un enfrentamiento entre élites, mientras que ésta fue de naturaleza ideológica: cada bando quiso acabar con el sistema del otro. Además, por debajo se libraron multitud de guerras civiles, que no tenían nada que ver y que estaban viciadas por resentimientos nacionalistas y prejuicios étnicos. La Segunda bien parece pintada por Goya en sus Desastres de la Guerra.

–El premier británico Neville Chamberlain se empeñó en una política de apaciguamiento creyendo que si le hacía concesiones, Hitler no desataría otra guerra continental, y eso que algunas voces, como la de Churchill, que también desconfiaba radicalmente de Stalin, avisaron del peligro que se corría y que era necesaria una movilización total (industria pesada, aviación, armamento) para disuadirle. ¿Por qué hizo oídos sordos?

–La política de apaciguamiento tuvo que ver con la vanidad de Chamberlain. Era un hombre viejo que tenía prisa y ninguna experiencia diplomática, pues había sido ministro de Salud, no del Foreign Office. Creía que podía resolver sus diferencias con Hitler sentado en una mesa. Gran Bretaña entonces tenía tres grandes enemigos que podían poner en peligro sus intereses coloniales y comerciales en el mundo: Alemania, Japón e Italia, pues esta última había irrumpido en el norte de África al invadir Libia y Abisinia. Había que dar prioridad a uno y reducirlo. En eso consistía el apaciguamiento. Por otra parte, hay que recordar que el pacifismo había cobrado mucha fuerza en el periodo de entreguerras, que la izquierda se oponía al rearme y que Mussolini había dejado prendada a la derecha británica, la cual, no desechaba que Hitler pudiera convertirse en un buen colega. Incluso Churchill hizo recortes en Defensa cuando fue ministro de Hacienda en los años 30. No es fácil descubrir las verdaderas intenciones del contrario, sobre todo si su discurso parece razonable. No era fácil rebatir que Hitler quisiera ‘proteger los derechos pisoteados’ de diez o quince millones de alemanes que vivían en Francia, Polonia o Checoslovaquia. Y esas eran las falsas excusas del tirano.

–Pero Churchill no se dejó engañar…

–Churchill se dio cuenta enseguida de que Hitler era distinto. Imaginen sentados hoy a Cameron, Putin y Hu Jintao. Hay un abismo. El primero ha trabajado durante ocho años con el relaciones públicas de un canal de tv basura. El segundo ha sido un miembro muy importante del KGB durante 20 años. El tercero logró sobrevivir a la mortífera política del Gran Paso Adelante de Mao. Churchill, por su parte, era muy sentimental. Aunque era firme y decidido, se pasó la guerra llorando, quizá porque abusaba un poco de la bebida.

–Los regímenes de Stalin y Hitler eran igualmente totalitarios pero ¿distintos?

–En efecto. El dirigente soviético pensaba desde una tradición ideológica ya existente y que no se articulaba desde principios de supremacía racial, sino de clase social. Era muy cauto y paranoico, pensaba de una manera más fría y consciente. En cambio, Hitler creía estar dando los pasos de un gigante y se veía a sí mismo como un genio único. No trabajaba desde los parámetros de una ideología precedente. Era un jugador oportunista, capaz de poner en marcha políticas que destruyeran a su propia gente y de ver a los otros como seres subhumanos a los que se podía colonizar o exterminar. Pero los dos, eso sí, tenían alma de gánsteres.

–Al otro lado del hemisferio, Japón ha invadido China y los grandes archipiélagos del Pacífico, tiene sus ojos también puestos en la URSS… Sin embargo, parece estar librando guerras distintas… ¿No estaban el III Reich y el Imperio del Sol Naciente aliados?

–Lo que he logrado en este libro es hacer ver la estrecha falta de coordinación entre estas dos grandes potencias del Eje. Mientras que Inglaterra contaba con diez o doce mil hombres destinados en EE.UU. y los norteamericanos otros tantos, más o menos, en Gran Bretaña, para entablar muy bien sus acciones;  los alemanes y los japoneses se comunicaban, por su parte, más bien a través de contactos y enlaces submarinos… ¿Por qué no se coordinaron para atacar por dos frentes a la URSS?

-Al presidente Franklin D. Roosvelt se le achaca haber esperado casi dos años a entrar en la guerra, cuando se produjo el ataque nipón a Pearl Harbor. ¿Por qué no lo hizo antes?

-Por una parte, había una fuerte corriente interna que era contraria a volver a intervenir en Europa. Recuerden la gran campaña que hizo el histórico aviador Charles Lindbergh, un héroe para los americanos, que simpatizaba con los alemanes, para evitarla. Tampoco el patriarca Joseph Kennedy, que fue embajador en Londres, era partidario, aunque su hijo John sí, pero solo era un jovencito. Por otra parte, el presidente Roosvelt tenía que observar, mientras le fuera posible, varias leyes: la Ley de Neutralidad, la de Cash & Carry y la de Impago, que fueron redactadas tras la Primera Guerra Mundial, precisamente para no volver a enviar a sus jóvenes a morir en los campos de batalla europeos. No lo tenía fácil y tampoco creo que él quisiera… Se vio obligado por las circunstancias.

–Entre los horrores morales de la Segunda Guerra Mundial se cuentan los bombardeos masivos de ciudades. Algo, por otra parte, habitual en las guerras premodernas que establecían crueles asedios y sometían a terribles saqueos a las plazas del enemigo. El horror ahora lo comenzaron los alemanes y los japoneses, pero lo siguieron los aliados, que asolaron, entre otras ciudades alemanes, Hamburgo y Dresde; y lo concluyeron los norteamericanos arrojando dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.

–Al principio todos se cuidaban de provocar bajas civiles. En realidad, las primeras que hubo durante la Batalla de Inglaterra fueron accidentales. Sin embargo, a partir de cierto memento, para los aliados fue la única manera de mostrarle a Hitler que estaban en la guerra. Por su parte, el presidente Harry S. Truman, sucesor de Roosvelt, quien había fallecido antes de acabar la contienda, creyó que podría salvar más de un millón de vidas norteamericanas si obligaba al emperador Hiro Hito a rendir Japón. Por otra parte, la tecnología era muy primitiva y poco precisa, de forma que destruir un objetivo militar terminaba arrasando un pueblo o una ciudad enteros. Al final de la guerra se había invertido tantísimo dinero en armamento para la fuerza aérea que no podían dejar de utilizarlo. Aunque argumentasen que los bombardeos minaban la moral del enemigo, sabían que no era cierto, como se demostró en Londres durante la Batalla de Inglaterra.

–Otro de los horrores morales de la II Guerra Mundial fueron las terribles represalias contra los civiles desatadas por los alemanes y los japoneses.

–El ejército alemán venía de una tradición en la que era aceptable vengarse en los civiles. Durante la Primera Guerra Mundial lo hacían, incluso, cuando eran atacados por fuerzas regulares. Hay que tener en cuenta que Alemania y Japón habían emprendido una guerra de conquista y ocupación a gran escala, mientras que los aliados respondían a tal agresión para reconquistar esos territorios y liberarlos. Así que su relación con los civiles era muy distinta, porque nunca se trataba de enemigos, ni estos veían a sus soldados como tales.

–Por último, en relación con su libro, usted habla de la Resistencia, del colaboracionismo y de los grandes artistas y escritores que permanecieron en París durante la ocupación.

–Se ha prestado mucha atención al comportamiento de los artistas y escritores que vivieron la guerra en territorios ocupados, especialmente en París. Es cierto que hubo colaboracionistas (como Robert Brasillach, Ferdinand Céline o Pierre Drieu la Rochelle). Sin embargo, otros muchos no lo fueron, como Pablo Picasso, que permaneció en París y que además pintó y ganó mucho dinero. Tampoco Henri Matisse, que era viejo y ¿adónde iba a ir?  Ocurre que los artistas dejan muchas pruebas de sus pecados. En cambio, los empresarios parecen más respetables. Por ejemplo, alguien podía seguir produciendo ruedas y recambios de coches alegando que así sus obreros podían seguir viviendo y no ser deportados a Alemania para trabajar forzosamente en sus fábricas. Y ese empresario luego no tendrá que devolver los beneficios, porque eran argumentos difíciles de rebatir.

“Vietnam está relacionado con la II Guerra Mundial”

Demos un salto ahora desde la II Guerra Mundial al pasado reciente y al presente, pues lo acontecido en el mundo desde 1945 está directamente vinculado al desenlace y a las consecuencias morales, políticas, ideológicas, sociales y económicas de aquella guerra global, sobre todo en lo que concierne a la aspiración de un orden internacional basado en el Derecho y la cooperación a través de organismos como la ONU.

–Vietnam no fue una guerra comprendida ni por los ciudadanos estadounidenses ni por los europeos. ¿No se cometieron allí también actos de barbarie moral como los bombardeos de napalm que arrojaron miles de víctimas civiles?

–Bueno, el napalm también se usó durante la invasión de Normandía… Es cierto que el conflicto de Vietnam está muy relacionado con la Segunda Guerra Mundial. Primero, los británicos aparecen en Indochina para expulsar a los japoneses que se habían mudado allí para ir colonizando la zona. Los británicos iban a proteger a esos pueblos bajo palabra de honor pero los utilizaron para introducir a los franceses. Al mismo tiempo, se estaba gestando un movimiento nacionalista autóctono encabezado por Ho Chi Min, que también ha luchado contra los japoneses y que en 1954 se enfrenta a los franceses. Por último, entra en escena Norteamérica, que al principio financia el ocho por ciento de esta guerra y sitúa a numerosos consejeros militares para ayudar al régimen títere de Saigón. Hasta 1965 no se envían tropas de infantería, que siempre le parecen insuficientes a los generales, y lo que comenzó siendo un contingente de dos batallones con 8.400 hombres, acabó por ser una intervención de 570.000. La decisión de bombardear Viet Nam del Norte y allí donde se escondiera el Vietcong obedeció a la necesidad de proteger las bases aéreas que habían instalado en Vietnam del Sur. El problema fue que durante la Operación Trueno se dejó caer un millón y medio de toneladas de bombas, 640 mil de las cuales fueron arrojadas en el Norte. ¡Mucho más que en toda la II Guerra Mundial! Alguien le reprochó al secretario de Estado Dean Rusk: “Vamos a dejar esto como en la Edad de Piedra”. A lo que él contestó: “Ya están en ella”.

El fiasco de Irak y Afganistán: “Las soluciones no cuadran”

–El presente aún se llama Afganistán e Iraq. Si la primera guerra de Irak causada por la invasión de Kuwait tuvo una justificación moral y política (siendo apoyada por una coalición que incluía a los países árabes); si la invasión de Afganistán tras el atentado del 11-S también gozó de consenso internacional; sobre esta segunda guerra de Irak aún pesan reparos muy serios. ¿Ha valido la pena?

–Nos mintieron, nunca se hallaron armas de destrucción masiva. Yo me he opuesto a esta  guerra porque el conflicto de Irak ha afectado mucho al de Afganistán. El desvío del esfuerzo perjudicó enormemente las opciones que había para derrotar al terrorismo. Además, hemos visto cómo han ido cambiando las justificaciones. Primero se fue para acabar con Al-Qaeda. Después para derrocar a los talibanes y luego a Sadam Husein… Más adelante había que exportar la democracia y educar en ella a los habitantes de ambos países. Ahora se arguye que estas guerras también detendrán la producción de drogas… Bueno,  lo cierto es que, diez años después, ambos conflictos han ido perdiendo razón de ser. El presidente Barack Obama ya ha decidido la retirada. Creo que hay que salir ya de allí y dejar que las cosas sigan su curso. Las soluciones no cuadran. No cuadra imponer unos gobiernos centralizados, sino todo lo contrario: descentralizados. No me importa ser políticamente incorrecto: creo que son salvajes y que seguirán matándose como han venido haciendo durante siglos. Valga esta anécdota. Un amigo que estuvo allí me contó que un día, viajando en un autobús atestado de gente, un pasajero pisó a otro. Acto seguido se escuchó cómo alguien le quitaba el seguro a su pistola. Son como son. Además se trata de conflictos muy caros. ¿Saben cuánto cuesta el aire acondicionado que disfrutan en los cuarteles? ¡20.000 millones de dólares! No hace mucho me entrevisté con el subsecretario de Guerra. Llegó la hora de comer, paramos y me dijo: “Hoy comenzamos las operaciones a las 9:30. Ahora llevamos gastados 730 millones de dólares. Ese es el presupuesto de Afganistán durante una mañana”.

–En términos morales, ¿no cree que en algunas ocasiones la intervención anglo-norteamericana, secundada por otros países occidentales, se ha pasado de la raya?

–Creo que hay cosas que nuestros conservadores, liberales y socialdemócratas deben saber. La primera es que la gente tiene derecho a jorobarse la vida. Cuando alguien se alista en el terrorismo sabe que se arriesga a morir. No entiendo por qué algunos se escandalizan cuando se dispara a un terrorista y se lo mata. La segunda es que esta actitud trae consecuencias. Pues si eres un cínico de verdad, apoyarás sucesivamente a un bando o a otro según lo hagan bien o mal. Como los romanos.

–Por último, ¿puede decirse que la situación de los presos de Guantámano ha sido un gran retroceso en la cultura de las garantías jurídicas que se ha ido forjando después del juicio de Nürenberg?

-Obama ejecuta a los terroristas de noche, como a Osama Bin Laden, porque sabe perfectamente las complicaciones que trae hacerlo a la luz del día. Creo que buena parte de algunos defensores de los derechos humanos están siendo liderados por estos “pobres” prisioneros que gozan de mejor salud y que viven en condiciones mucho mejores que las que tenían en sus países de origen. Estos abogados de los derechos humanos contribuyen de forma perversa a la muerte de otros que viven mucho peor.

Michael Burleigh

El autor británico se doctoró en Historia Medieval y Moderna en el University College of London. Ha impartido clases en el New College of Oxford, la London School of Economics y la Universidad de Cardiff y ha sido profesor visitante en la Universidad de Stanford. Actualmente es miembro de la Royal Historical Society. La editorial Taurus ha traducido al español sus obras El tercer Reich, Poder terrenal, Causas sagradas, Sangre y rabia y Combate moral.

 

 

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